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Sep 10, 2026 admin Actualidad, Cultura 0
El espejismo del turismo estival en las regiones de Chile está llegando a su punto de quiebre. Lo que durante décadas se ha presentado como una vocación productiva incuestionable, hoy se revela como una estructura frágil que, lejos de generar bienestar duradero, tensiona los ecosistemas y precariza la economía local. El desafío actual ya no es atraer más visitantes, sino sobrevivir a la propia dependencia del calendario.
Para René Garcías Molina, docente de Ingeniería Comercial de la Universidad Central de Chile, sede Región de Coquimbo, el modelo tradicional de turismo de verano funciona como un ciclo espasmódico. Esta concentración extrema genera distorsiones severas en las micro y pequeñas empresas: durante los meses de baja afluencia, la asfixia financiera se convierte en la norma, impidiendo cualquier posibilidad de inversión en innovación, digitalización o sostenibilidad. A esto se suma el impacto en el capital humano, donde la inestabilidad laboral se traduce en una rotación constante que destruye la productividad y desincentiva la capacitación profesional.
El costo de esta obsesión por el volumen es una factura que el territorio no puede seguir pagando. La presión sobre recursos hídricos en cuencas vulnerables, la saturación de la infraestructura urbana y el desborde de residuos son señales de alerta. Desde la economía ambiental, el diagnóstico es claro: es necesario internalizar los costos de la sobrecarga estival y abandonar la lógica de la cantidad en favor de una gobernanza basada en la capacidad de carga real del territorio.
El camino hacia la sostenibilidad exige un desacople radical: dejar de medir el éxito por el número de turistas y comenzar a valorarlo por la calidad del servicio, la experiencia y el resguardo del patrimonio natural. La reconversión es el norte. Alternativas como el astroturismo, el turismo científico, el enoturismo y las rutas culturales rurales no son simples nichos de mercado; son las llaves para distribuir la actividad económica a lo largo de los doce meses del año.
Transformar el turismo en un motor de desarrollo confiable no ocurrirá por inercia. Requiere políticas públicas que dejen de financiar la improvisación y comiencen a respaldar la diversificación y la infraestructura habilitante. El sector debe dejar de ser una apuesta estacional para convertirse en una estrategia de largo plazo. La estabilidad del empleo y la supervivencia del entorno no son metas contradictorias, sino los dos pilares sobre los cuales debe construirse la nueva economía regional. El tiempo de las soluciones de verano ha terminado; el futuro exige una planificación que trascienda el calendario.
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