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Sep 10, 2026 admin Actualidad, Miscelaneas 0
«¿Crees que todavía lo somos?». La pregunta de Jesse a Céline en Antes del atardecer resuena como un eco nostálgico sobre una promesa incumplida: el reencuentro que nunca ocurrió tras nueve años de silencio. Esta misma lógica de las expectativas frustradas y los relatos construidos desde la superficie ha servido de base para juzgar la administración de Gabriel Boric. Desde la vereda contraria, se instaló la narrativa de que el gobierno era apenas una práctica profesional, encabezada por una generación sin la madurez ni la experiencia necesarias para conducir el Estado.
Sin embargo, la realidad suele ser un espejo que revela las propias contradicciones. Al cumplirse seis meses del mandato de José Antonio Kast, las cifras desmienten la supuesta infalibilidad de la crítica opositora: su administración registra la salida de 45 autoridades, entre ellas tres ministras, seis subsecretarios, 35 seremis y un delegado presidencial. En contraste, durante el mismo periodo inicial, el gobierno de Boric contabilizó 19 bajas.
Estos números no solo exponen la fragilidad del juicio ajeno, sino que desnudan una verdad incómoda: gobernar es una tarea de una complejidad abismal, muy lejana a la simplificación del debate público. Cuando el gobierno de Boric apenas alcanzaba los cien días, Kast no dudó en calificarlo como el «peor de la historia reciente». A su vez, el propio Boric llegó a prometer que Chile sería la «tumba del neoliberalismo», solo para terminar su mandato conviviendo con las mismas estructuras que juró desmantelar.
El problema de fondo es la erosión del lenguaje político. Hoy, quien piensa distinto no es un interlocutor, sino un enemigo a batir. Se etiqueta al adversario de inepto, torpe o ignorante, convirtiendo el debate en una seguidilla de eslóganes vacíos. Esta degradación encuentra en figuras como Javier Milei su faceta más radical: el grito de «¡Viva la libertad, carajo!» se transforma en un dogma que, al exigir una uniformidad de pensamiento, termina por aniquilar la esencia misma de la libertad: el diálogo.
Cuando la política reduce al adversario a un obstáculo a eliminar, el espacio público se agota. La élite política parece haber olvidado que el gobernante no es un héroe de película ni el opositor un villano de historieta. Ante la evidencia de que las crisis, los errores y las salidas de gabinete no son patrimonio exclusivo de una generación, surge la misma pregunta que en París: ¿Crees que todavía lo somos? Jóvenes, claramente, ya no.
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