
Última actualización octubre 28th, 2026 12:09 AM
Oct 27, 2026 admin Actualidad 0
Iquique, 27 de octubre de 2026. El sonido del agua corriendo por las acequias de Quisma es hoy apenas un eco en la memoria colectiva, un fantasma que los descendientes de los antiguos vallesteros intentan rescatar del olvido. A 102 años exactos de aquel 24 de octubre de 1924, cuando los comuneros presentaron ante el Estado su última súplica para recuperar los caudales que daban vida a su tierra, el dolor de la pérdida sigue intacto, convertido ahora en un acto de resistencia y memoria.
La Asociación Indígena Consejo Territorial Quechua-Pica convocó un encuentro donde el pasado y el presente se fundieron en un solo reclamo. Claudia Yáñez Castillo, presidenta de la organización, situó el origen de la herida en el proceso de chilenización posterior a la Guerra del Pacífico. Fue entonces cuando la expropiación de las aguas de Chintaguay sentenció a muerte la agricultura local. Los viñedos y árboles frutales, que durante generaciones sostuvieron la vida, se secaron, obligando a familias enteras a un éxodo forzado que desmanteló el arraigo de toda una comunidad.
No es una celebración, es un acto de justicia histórica, sentenció Yáñez Castillo con la voz cargada de la nostalgia de sus antepasados. Los abuelos fueron expulsados por la sed; se fueron con el corazón roto al ver cómo su sistema de vida se desmoronaba. Para nosotros, habitar el desierto siempre ha dependido de este recurso, y hoy, ante las nuevas crisis hídricas, recordamos que el agua no es solo un bien productivo, es nuestra identidad y un elemento sagrado.
La conmemoración, que busca consolidarse tras el hito del centenario hace dos años, pretende tender un puente entre la historia silenciada y los nuevos residentes del valle. El panel de expertos aportó rigor a esta reconstrucción: el Dr. Alberto Díaz Araya, de la Universidad de Tarapacá, desglosó la evidencia documental de la expropiación, mientras que el musicólogo Franco Daponte y la académica Nicole Cortés rescataron las costumbres y tradiciones culturales que se desvanecieron junto con la humedad del suelo.
La presencia de Lorena de Ferrari, jefa regional del Instituto Nacional de Derechos Humanos, subrayó que el drama de Quisma, Pica y Matilla no es un asunto cerrado, sino una herida abierta en la gestión de los derechos territoriales actuales. En un desierto donde el agua es sinónimo de existencia, el encuentro de los vallesteros se alzó como un recordatorio necesario: mientras la memoria de la tierra persista, la lucha por recuperar el derecho a habitarla seguirá vigente.


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