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Sep 17, 2026 admin Actualidad, Nacional, Región 0
El aroma a carne asada y masa horneada comienza a adueñarse del aire. Con las Fiestas Patrias a la vuelta de la esquina, el rojo, el blanco y el azul se despliegan en cada rincón del país, acompañados por el ritual infaltable de los volantines y las carreras de saco. Sin embargo, en el centro de esta coreografía festiva, hay una protagonista indiscutible que reina sobre la mesa chilena: la empanada de pino.
Más que un simple bocado, la empanada es un documento histórico que se come. Para Raúl La Torre, profesor de Extensión Cultural de la Universidad de los Andes, este plato es una crónica del mestizaje. No es una creación aislada, sino el resultado vibrante del choque entre dos mundos: la herencia de las masas traídas por los españoles y la sazón audaz de los ingredientes locales que terminaron por transformar la receta original en un ícono de identidad nacional.
Pero, ¿por qué el nombre que desconcierta a todo extranjero? Lejos de tener alguna relación con el árbol de coníferas que evoca el nombre, la palabra tiene raíces mucho más profundas. La Torre aclara que el término proviene del mapudungun y se traduce como picadillo o mezcla. Es, en esencia, la síntesis culinaria de nuestra tierra: la conjunción exacta de carne picada, cebolla, especias y ese toque de merquén que define nuestra personalidad gastronómica.
Hoy, la empanada de pino se alza como una de las tres joyas de la cocina chilena, un símbolo que sobrevive al paso del tiempo y que, cada septiembre, recupera su trono. Más que un alimento, es el sabor de la memoria colectiva, un infaltable que nos recuerda, bocado a bocado, que nuestra cultura es, ante todo, una mezcla de ingredientes que aprendieron a convivir para crear algo excepcional.
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